El domingo pasado se celebraba el Día Internacional de la
Mujer Trabajadora, el principal hito anual del feminismo. En los albores de
este año 2026, está más que constatado el decaimiento crónico del movimiento
feminista español. El 8-M es un hito importante, pero cualquiera diría que lo
que queda del feminismo en España, a día de hoy, son sólo diferentes tipos de hitos.
Denuncias a famosos que surgen y se olvidan, crímenes machistas que salen en
los telediarios…
No obstante, es innegable que han quedado cambios culturales
y sociológicos más allá de lo puramente mediático. El nivel de concienciación
respecto de las actitudes y prejuicios machistas ha sido notable en el seno de
la sociedad española, muchos nos hemos cuestionado patrones machistas en ideas
y conductas que antes percibíamos como normales y aceptables.
Eso es un sedimento que ha quedado en nuestra sociedad, una
capa más de cambio en lo relativo al progreso social. Pero el movimiento ha
cometido sus errores y, sobre todo, sus excesos. Es difícil que esto no pase
ante una ola de cambio de tamaña magnitud, pero los excesos se han dado y se ha
insistido en seguir cometiéndolos de manera sistemática.
Eso ha hecho que muchos hombres (y también mujeres) hayamos
reaccionado en contra, al menos en los aspectos más polémicos. Dedicarse a
llamar machista, “machirulo” o “señoro” a todo aquel que se saliera un mínimo
de los dictados del feminismo no parece haber sido buena idea para prevenir
esta “nueva ola reaccionaria” juvenil. El machista ya no es quien tiene
conductas o ideas estrictamente machistas, es todo aquel que critique las
ideas, eslóganes y leyes promovidas por Irene Montero. ¿Qué esperaban
exactamente? ¿Que los insultos generarían adhesiones en vez de rechazo?
La ofensiva contra los valores asociados a lo masculino
tampoco ha parecido funcionar. Cuando le preguntaron a Yolanda Díaz sobre quién
creía que había sido el ganador de un debate entre Sánchez y Feijóo, respondió
que la cuestión de ganar o perder era algo muy masculino… La disolución (deconstrucción)
de “lo masculino” ha sido otro fracaso.
¿Pensaba el movimiento feminista que era también una buena
idea soltar bulos sobre la supuesta inexistencia de denuncias falsas? ¿Que ese
bulo no se iba a percibir como parte del afán de ciertos partidos de izquierdas
por demoler el derecho a la presunción de inocencia de los hombres en caso de
ser denunciados por una mujer? ¿Y lo de pensar que las mentiras y la estrategia
discursiva del aplastamiento y cancelación del rival iban a mantenerse
sólidamente sin contar con el poder represivo de una dictadura totalitaria?
¿Eso tampoco fue un error?
La cuestión del megabulo sobre la brecha salarial es también
digna de estudio. De puertas para dentro, en Izquierda Unida se admitió
oficialmente que no es que se pague menos a las mujeres “por el mismo trabajo”.
Es falso que en las empresas haya “contratos para mujeres” con menor
remuneración. Se aclaró, con buen criterio, que la brecha salarial es la
diferencia entre la suma agregada de todos los salarios de los varones y la
suma agregada de todos los salarios de las mujeres. Tú calculas y te sale que
los varones, conjuntamente, cobramos más; pero por la diferencia en cuanto a
los cargos que ocupamos, la experiencia acumulada, el hecho de que las mujeres
tienden a reducirse la jornada más que los hombres debido a la crianza de sus
hijos… Que ojo, sin duda es un síntoma a analizar, pero poca luz arrojaremos
sobre el asunto si nos dedicamos a insistir en lo de reivindicar “mismo salario
para mismo trabajo”, cosa que sigue haciendo IU en sus declaraciones públicas,
y que sigue siendo un lema central del feminismo, de hecho lo fue en el 8-M de la
semana pasada.
Es innegable que mucha gente hubiera reaccionado igualmente
contra el feminismo porque hay personas profundamente machistas a las que jamás
se podrá convencer. Pero que esto no nos ciegue a la hora de discernir los
errores de los aciertos. Discernir es la clave de bóveda del pensamiento
racional. Cada vez está menos de moda, pero hace falta recordar cómo discernir.
El feminismo, y las izquierdas en general, se han visto
atrapadas en sus errores y sus excesos por un mecanismo lógico bastante
estúpido, que es el siguiente: “si tanto nos critican, si tanto hacemos rabiar
a la gente, es que estamos haciendo las cosas bien”. ¿No han pensado que
recibir críticas feroces puede ser precisamente un síntoma de hacer las cosas
muy, muy mal? Imaginemos que la izquierda propone una ley en la que las
cerraduras de las puertas de las casas y de los portales quedan abolidas, y que
cualquiera pueda entrar y quedarse en la casa que le apetezca. Un caso como
esto desatará fortísimas críticas en la derecha y en toda la población,
críticas nunca antes vistas. ¿Significaría esto que es la mejor medida política
que se ha hecho? En base a la argumentación absurda a la que hago referencia,
sin duda lo sería.
No obstante, volvamos a la cuestión de que el fenómeno del
feminismo se ha reducido a hitos.
Hay hitos que siempre habrá, como las noticias relativas a crímenes machistas. Asesinan a una mujer, se confirma que es un caso de violencia de género, se muestra un breve corte del minuto de silencio de la concentración convocada a causa del asesinato y se acaba la noticia con el conteo anual de mujeres asesinadas. El problema es que este fenómeno es complicado, porque está constatado que es tremendamente difícil hacer bajar esas cifras anuales. La movilización o la concienciación poco podrán hacer para evitar que un malnacido asesine a su pareja o a su expareja. Aparte de que a España llegan personas que no han formado parte de un sistema educativo avanzado ni de una cultura que valore la vida o los derechos de las mujeres. Y si vienen al ritmo actual, que es muy rápido, más difícil será que se integren y asuman nuestra cultura, máxime cuando en muchos casos está presente el rigorismo islámico, el cual tiene una solidez tremenda en el seno de ciertas comunidades. No es de extrañar que, según datos del Instituto Nacional de Estadística, las personas procedentes de países islámicos estén sobrerrepresentadas entre quienes cometen delitos contra la libertad sexual (acoso sexual, violaciones…). No debemos generalizar y decir que todos son iguales, pero los números son los que son, por mucho que la izquierda siga instalada en el negacionismo.
Los delitos machistas se incrementarán más aún con la
inmigración masiva y descontrolada, sobre todo la de origen islámico. Pero
suponer que las izquierdas querrán poner remedio a esto último es una aporía. Su
política son las fronteras abiertas y premiar con el derecho al voto a quienes
atraviesan ilegalmente nuestras fronteras. La misma izquierda que vino a luchar
contra el machismo está invitando a entrar de manera descontrolada a remesas de
gente que proviene de culturas poco respetuosas con los derechos feministas que esa izquierda dice defender. Como les digas que mucha de la gente que viene es
de la peor extrema derecha que hay, la de tradición islámica, prepárate para un
cierre agresivo de la conversación.
Otro síntoma de la “hitización” del feminismo es la cuestión
del “Me Too”. De cuando en cuando saltan a los medios acusaciones de acoso o
abuso sexual por parte de algún que otro famoso. Pero la repercusión de esas
noticias se va atenuando. De Rubiales pasamos a Errejón, lo de Adolfo Suárez
pasó sin pena ni gloria y atrás quedó lo de Julio Iglesias, que ha denunciado a
Yolanda Díaz y a algunos medios por difamación. Las denuncias anónimas son
difíciles de vender incluso bajo el lema de “Hermana, yo sí te creo”, y a eso
se suma la falta de pruebas en muchos casos.
Luego están los hitos periódicos que son simplemente lamentos
ocasionales: los jóvenes están machistizados, tenemos mucho que perder, están
volviendo patrones de conducta considerados extintos… Probablemente, cuando
saquemos a Sánchez de su poltrona, no quedará ni eso, ni los lamentos, porque
las cosas habrán cambiado en RTVE, o esta cadena ni existirá.
Un aspecto llamativo es que cada vez se habla más en medios
de comunicación de situaciones de machismo de la España de hace 60 ó 70 años.
Mujeres ancianas relatando el horror que vivían estando sometidas a sus maridos
o siendo socialmente ninguneadas, entre otras formas de discriminación.
¿Por qué esta estrategia mediática, especialmente notable en
RTVE? Se me ocurren varias razones:
- 1. Hay un vacío en lo relativo a la actualidad. Ya no se habla de esta u otra ley
feminista, los casos de acoso sexual entre famosos suelen acabar en nada por lo
mencionado más arriba… Se puede rellenar ese vacío con estas noticias.
2. Se quiere reforzar el cuento de terror de que Vox quiere volver al franquismo en lo relativo a los derechos de las mujeres. Es la caricatura de siempre, se piensan que los jóvenes de derechas son versiones en pequeñito de una mezcla entre Manuel Fraga y Millán Astray. “Podemos perder los derechos conquistados”. “No podemos dar nada por sentado”. Es una maniobra para asustar a la gente, lo máximo que hará Vox será volver a 2021 si consigue eliminar la Ley “Sólo Sí Es Sí” y la Ley “Trans”. Que, por cierto, si lo hiciera contaría con el apoyo de parte del movimiento feminista, las llamadas feministas radicales y abolicionistas.
La “hitización” es el síntoma crónico de la pérdida de fuelle
del movimiento feminista. Sin embargo, hay voces de regeneración, de
autocrítica en el seno del feminismo español. Por ejemplo, el colectivo llamado
“Feministas por la Justicia (FxJ)”. Quieren corregir algunos de los excesos de
los que he hablado, como el ataque a la presunción de inocencia, y rescatar al
feminismo de su deriva suicida. Quien quiera ver su cuenta de Instagram verá
que las feministas que dan ahí su voz no son figuras precisamente marginales.
Por una cuestión de extensión, prefiero no mencionar la
cuestión de la quiebra del movimiento feminista organizado, dividido entre las
queer-transfeministas y las feministas radicales abolicionistas mencionadas más
arriba. Quedará para otro artículo.