Hace ya varios años que se habla
del problema de la derechización de la sociedad española. Yo marcaría el punto
de inflexión en 2018, año en el que Vox irrumpió obteniendo casi 400.000 votos
y un total de 12 escaños en las elecciones autonómicas de Andalucía. Ahí se
acabó la marginalidad para la llamada extrema derecha. Pero hablaremos de otras
elecciones autonómicas que pintan peor aún.
Siempre había habido en España
gente machista, xenófoba y ultramontana, pero en general había una tendencia a
que no verbalizaran ciertas de sus ideas políticas. Esto cambia con la
explosión de Vox. Supuso la liberación de ciertos discursos contenidos. “Si hay
diputados que muestran esa ideología, ¿por qué no iba a mostrarla yo
abiertamente?” Así razonó mucha gente. De hecho, Vox significa “Voz”, pues quieren
ser la voz de los otrora silenciados, no es casualidad tampoco el nombre “Hazte
Oír”.
¿De dónde viene esta
derechización? Hay quien dice que el origen son los "discursos de odio", que
calan mucho en las redes sociales y tienen gancho. Pero esto es una explicación
insuficiente. El pendulazo ideológico en redes es, de hecho, posterior al
ascenso de los partidos análogos del viejo continente. La
causa no puede ser posterior al efecto.
Es cierto que las redes juegan
cierto papel amplificador, pero no son la causa última. El problema es que
muchos análisis que se hacen por ahí están absolutamente sesgados desde el
punto de vista ideológico. La izquierda, en parte debido a la polarización
imperante, está en una posición demasiado sectaria y bunkerizada como para
reconocer públicamente sus graves errores estratégicos y discursivos. Nunca
verá en esos errores la explicación a la derechización del país.
En mi opinión, los factores
principales son el feminismo, el procés y el aumento de la inmigración.
En cuanto al feminismo, era de esperar que conduciría a una fuerte reacción. La agresividad y el sectarismo de los que acabó pecando fueron su perdición. Y esa reacción es, curiosamente, algo que celebran muchas feministas. Si rabian así los hombres, es que lo estamos haciendo bien, dicen. Estamos ante el triunfo del feminismo, según este tenebroso eslogan. La ola reaccionaria es la prueba viva de dicho éxito, ¿verdad? Por no enrollarme, aquí desarrollo la cuestión con más detenimiento. Pero un apunte adicional: lo de insultar a quien disienta de tus ideas no es exclusivo del feminismo. Si eres obrero y votas a la derecha, eres tonto para muchos izquierdistas, para los cuales eres un retrógrado si consideras que tener pene es una característica que define a los hombres. En algunos países de Europa van más allá: si tienes un coche diésel, eres una persona inmoral. ¿Acaso pensaban que insultar a la gente no iba a hacer que se hartaran?
Lo de Cataluña tampoco lo voy a
detallar aquí porque es bastante evidente que el referéndum celebrado en 2017
fue un germen clarísimo de la reacción derechista. Pero conviene recordarlo, pues
la cuestión catalana es muy importante en la historia de España y a veces la
minusvaloramos en el frenesí de la actualidad política. Y es, dicho sea de
paso, un factor crucial para entender las causas de la Guerra Civil Española,
mal que les pese a algunos que compran, venden y revenden relatos sobre este
conflicto.
Luego está la cuestión migratoria en Europa. La Guerra de Siria, iniciada en 2011 y que causó una gran oleada de refugiados, tuvo una influencia más que notable en la cronificación del problema de la inmigración masiva. Hay quien niega que el auge de la extrema derecha tenga que ver con este incremento abrupto de la inmigración de origen islámico. Sé que hay quien, en su bunkerización ideológica, piensa que el 100% de las consecuencias de la inmigración son 100% buenas en el 100% de los casos, pero yo creo que al menos habría que admitir que, cuanta más inmigración haya y más brusca sea, más difícil será la integración y más tensiones interculturales habrá en los países de destino. El auge de estos partidos de extrema derecha es un síntoma de estas tensiones. Es cierto que muchos ultraderechistas manipulan y sobredimensionan todo lo relacionado con los problemas migratorios. Hay discursos que pueden aumentar el margen entre el peligro real de la inmigración y el llamado “peligro percibido”, pero es una locura decir que los “discursos de odio” son, en sí, la causa única de esta derechización. Si estos discursos calan ahora y no calaron hace veinte años, por algo será. La realidad objetiva cuenta y mucho, no todo son relatos, discursos y “gramáticas”, como dicen los pseudointelectuales posmodernos. Y sólo un necio creerá que todo se reduce a que “se ha puesto de moda ser nazi”. El problema migratorio está cada vez más sobre la mesa, lo cual entronca con lo que he llamado “giro étnico” en el contexto de la política europea, un fenómeno que considero causalmente relacionado con la derechización.
Antes de estos cambios de los que he hablado, el discurso de clase tenía más peso específico. Lo económico importaba más: salarios, impuestos, servicios públicos, el problema de la pobreza… Las reivindicaciones propias de la clase trabajadora como tal tenían más presencia en el discurso público. No muchísima, y sin duda menos que hace 50 años, pero más que ahora, en 2026. Algo sigue habiendo, pero debilitado.
Las izquierdas han estado virando
poco a poco desde las políticas de redistribución a las políticas de
reconocimiento. Es decir, desde la reivindicación de una justicia económica a
la reivindicación de una justicia más ligada al reconocimiento político de
sectores tales como minorías sexuales o étnicas, principalmente. Los
movimientos sociales han ido enarbolando causas relacionadas con “cambios
culturales”, y sin duda ha habido progresos culturales relacionados con el
respeto a las minorías religiosas, raciales, derechos concretos como el
matrimonio homosexual… El proyecto feminista es, en buena medida, un proyecto
de revolución cultural: derribar estereotipos y prejuicios machistas, promover
el cambio personal interno para corregir actitudes sexistas...
El problema de que la izquierda
enfatice cada vez más las luchas culturales es que está nadando en el océano
del enemigo. Pues, en los aspectos culturales, la derecha es más fuerte. Frente
a la reivindicación izquierdista del multiculturalismo, de la pluralidad sexual
y de los mundos imaginarios de John Lennon, la derecha puede presentar a su
fiera más imponente y formidable: el nacionalismo. La izquierda podrá
despreciar lo nacional, negarlo e ignorarlo, pero ya los pensadores soviéticos
advirtieron de la torpeza estratégica de ese “nihilismo nacional”.
La izquierda es fuerte en lo
relativo a lo ya referido al respecto de las reivindicaciones económicas. La
derecha suele estar (a priori) relativamente incómoda hablando de derechos
laborales o de salarios, pero agradecerá poder contraponer la nación, la
tradición y los sueños de gloria de la patria a los elementos culturales atomizadores
de la izquierda posmoderna. Se está fomentando activamente la
fragmentación de los trabajadores. ¿O acaso no es atomizador hablar de la
miríada de identidades de género y de orientación sexual que uno puede
adquirir? ¿Acaso no es atomizador andar con particularismos étnicos y animar a
los inmigrantes a que no se occidentalicen y que se aferren a sus culturas de
origen haciendo de éste un fatalismo? ¿Acaso pensaba la izquierda que, con esas
armas, vencería a la derecha en SU océano, dominado por los antiquísimos
tiburones del nacionalismo étnico europeo? Quizás deberían tomarse en serio la
cuestión nacional y aprender de Fidel Castro o de Ho Chi Minh en vez de guiarse
por Judith Butler o por Ernesto Laclau. Hasta los republicanos españoles hacían
suya la causa patriótica, tratando de impedir que la monopolizasen los
sublevados. Ante una fuerza tan poderosa, mejor tratar de volverla de tu lado,
al lado progresista y revolucionario. Y desde luego mucho mejor que tontear con identidades disolventes.
El problema de la izquierda
es que, con sus políticas de identidad, ha apartado en exceso las cuestiones
económicas de la esfera pública. La cuestión cultural, o etnocultural, ha
ganado presencia, y esto beneficia a la derecha. Si la izquierda deja de lado
la lucha de clases, elimina su esencia, deja de ser tal izquierda. Y si no hay
izquierda como tal, la derecha gana por simple incomparecencia de su rival. El
hecho de que la esfera de las cuestiones etnoculturales beneficia a la derecha
es impepinable. ¿Qué pasa en las comunidades autónomas donde hay un
nacionalismo de fuerza remarcable? Pues que predomina la derecha. CiU (ahora
Junts) en Cataluña, el PNV en el País Vasco y el PP en Galicia han venido
siendo hegemones tradicionales en sus respectivas regiones. Si hasta los
votantes de izquierdas se están “etnitizando”. ¿Qué dicen los resultados de las
elecciones autonómicas más recientes? Que ganan apoyo los partidos de la
izquierda regionalista-soberanista, como Adelante Andalucía o la Chunta
Aragonesista. Esto es la muerte anunciada para partidos como Izquierda Unida.
Para ejemplificar el fenómeno de
la “etnitización” de la política actual, fijémonos en cómo la izquierda ha
cambiado su discurso con respecto al conflicto árabe-israelí. La oposición al
Estado de Israel permanece, pero con argumentos distintos. No hace tanto
tiempo, la condena a Israel tenía que ver con que este país era un títere de
EEUU, un apéndice del imperialismo que era útil a los intereses económicos de
los norteamericanos en Oriente Próximo. Ahora no, ahora la mayoría de líderes
de opinión de la izquierda propalestina hablan de pajas mentales sobre el
origen genético de los israelíes, de que si Netanyahu tiene un apellido polaco
o que si el imperialismo está enraizado en la perversa combinación de etnias
malvadas: los anglosajones y los judíos. El “anglosionismo” es el nuevo
enemigo. Por supuesto, no falta el ingrediente secreto: las conspiraciones
judías que sólo informan de la imaginación de sus descerebrados creadores. Este
es el plato que nos queda: unas
izquierdas que se quejan de que “está de moda ser nazi” pero que critican a los
judíos desde postulados biológicos, postulados absolutamente hitlerianos. Cosas
del giro de guion étnico, de esta derechización de la sociedad que no ha hecho
más que comenzar.
