Este título puede sugerir que la
religión judía tiene su propia opinión sobre la evolución humana tal y como fue
enunciada por la ciencia, pero no se trata de eso. Se trata de explicar las
transformaciones que, según los textos judíos, sufrió el ser humano desde la
creación hasta nuestros días.
Esto resultará extraño, pues
sabemos que esta y otras religiones son creacionistas, es decir, afirman que
los seres vivos, incluido el ser humano, fueron creados tal y como son a día de
hoy y que no existe una evolución biológica.
Pero esto es más que matizable a
la luz de las escrituras. Quien conozca un mínimo el libro de Génesis sabrá que
los personajes bíblicos fueron siendo cada vez menos longevos generación tras
generación. Todos hemos oído hablar de Matusalén, que murió a los 969 años.
Adán y Noé vivieron también más de 900 años. Tras el diluvio, por decreto
divino, los humanos vivirían un máximo de 120 años.
Pero, si este fuese el único
cambio “evolutivo”, no tendría sentido este artículo. Mi idea es combinar lo
que dice el Génesis con aportaciones posteriores de la tradición judía,
concretamente las aportaciones del Midrash. Por no detenernos demasiado
en qué es esto del Midrash, me limitaré a lo mínimo: consiste en una
serie de textos escritos por varias generaciones de rabinos en los que se
reflexiona sobre las enseñanzas morales de la Torá, se explican sus pasajes
ambiguos o contradictorios, se establecen conexiones entre los diversos hechos
relatados… Son un componente más de la amplísima exégesis judía propia de la
literatura rabínica posterior a la destrucción del Segundo Templo (año 70
e.c.).
Este ejercicio de reflexión y
explicación se puede ilustrar fácilmente con el origen de Eva, el cual resulta
ser un buen arranque de esta “historia evolutiva”. En el Génesis hay dos
relatos sobre este origen. En el Capítulo 1 se relata que Adán y Eva fueron
creados ambos a partir del barro. En el Capítulo 2 se narra la conocida versión
por la cual Dios creó a Eva a partir de una costilla arrancada del cuerpo de
Adán. ¿Cómo se entiende esta contradicción? ¿Cuál es la versión buena del
origen de Eva? Hoy, gracias al análisis filológico, sabemos que la Torá (los 5
primeros libros de la Biblia, o “Pentateuco”, que incluye el Génesis) es la
combinación de los textos de cuatro autores distintos. Se entremezclan
versiones en un “montaje final”, digamos. Pero claro, para un creyente
acérrimo, sobre todo si se trata de un rabino que vivió hace más de un milenio,
la Torá tiene un solo autor, que es Dios.
¿Cómo solucionaron este entuerto
las inagotables mentes de los rabinos? Pues, según el Midrash, Dios creó primero
a Eva ante los ojos de Adán. Pero éste, al ver ensamblarse los músculos,
vísceras y vasos sanguíneos de Eva, quedó repugnado. Algo poco conveniente para
que cumpliesen el primer mandato divino: “procread y multiplicaos”. Pero Dios
rectifica este problema y realiza después una segunda creación, esta vez doble:
Adán y Eva son creados pegados por sus espaldas, sin verse directamente el uno
al otro. Luego se separan sus cuerpos mientras Adán duerme. Un poco raro este
arreglo, pero bueno, el caso es que parece que esta contradicción de las
escrituras queda solventada por los rabinos, que supieron ornamentar esta
historia con significados profundos en los que no voy a entrar. Hablemos ahora
de aspectos “evolutivos” persé.
Adán, el primer hombre, además de
muy longevo, era enorme: su cuerpo alcanzaba los cielos. Tras pecar al probar
la fruta del árbol prohibido (no se dice que sea una manzana, por mucho que se
vea así en numerosas obras de arte), su estatura fue reducida a unos 100 amot,
que son unos 50 metros. Esa reducción prosiguió con las generaciones, al igual
que la longevidad. Como dato curioso, Adam fue creado circuncidado.
Posteriormente, durante la
generación de Enosh, personaje también antediluviano, el hombre estudió los
secretos del Universo y ello condujo al poder de la brujería. Se adoró a los
astros y se cayó en la idolatría. La idolatría, recordemos, es una abominación
desde el punto de vista de la Torá, y suele conducir a otros pecados. El
castigo fue que los cadáveres humanos se descompondrían, los rostros de las
personas se asemejarían a los de los monos (haciendo menos evidente la
semejanza con Dios) y los demonios tendrían influencia sobre el ser humano. Lo
segundo es quizás lo que más me ha sorprendido. ¿Si el hombre fue creado a
imagen y semejanza de Dios pero los humanos actuales nos parecemos más a los
monos, quiere esto decir que Adán tenía un rostro menos “simiesco” que el
nuestro? ¿Menos simiesco pero cómo? Por no hablar de que esto choca con el
dogma judío actual de que Dios no sólo no es corporal, sino que no tiene cuerpo
ni forma. Así lo dicen los principios segundo y tercero de la fe judía
establecidos por Maimónides, filósofo judío de origen hispano que sentó cátedra
en el siglo XII e.c. y cuya influencia intelectual llega hasta el día de hoy,
siendo un autor muy citado por los rabinos.
Pasemos a otro “cambio evolutivo”
llamativo, que es el caso de Noé. Este importante personaje que, como sus
antecesores varones, nació circuncidado; incorpora una novedad: fue el primero
en tener dedos que se movían individualmente. Fue un regalo divino para
facilitarle las tareas manuales. Parecerá extraño dicho así, pero el Midrash lo
dice tal cual, diciendo también que las personas anteriores a él “tenían manos
y dedos como una sola unidad” (sic). No puedo sino imaginarme a personas con
manos como las de las figuritas de LEGO.
Otro cambio físico sufrido por el
ser humano del que he podido leer en esta trepidante aventura por los vastos
océanos de la literatura rabínica fue un cambio que fue, de hecho, solicitado
por un hombre, que no fue otro que Abraham. Este patriarca, padre de todos los
judíos y primer enviado por orden celestial a la Tierra Prometida, ya no nació
circuncidado. Lo sabemos porque fue el primero en circuncidarse como señal de
su pacto con Dios. Protagonista de uno de mis versículos favoritos (Génesis
22:17), este hombre estaba descontento a pesar de ser rico y afamado. ¿Por qué?
Cuando iba por ahí con su hijo Isaac, la gente no sabía si honrarle a él o a su
hijo, porque eran indistinguibles. Abraham le pidió a Dios que cambiase el
aspecto de la gente mayor para que así todos supieran a quien dirigir sus
alabanzas y buenas palabras. Así se hizo, y es por eso que la edad nos hace
acumular canas y arrugas. Antes de esta petición, todo el mundo tenía un rostro
juvenil, dice el Midrash. Ahora tendremos hacia quién dirigir nuestro
enfado cuando nos veamos envejecer. Cuatro serían las cosas que harían
envejecer a los hombres: la irritación de los hijos, una mala esposa, el temor y
la guerra. Estuviera más o menos envejecido cuando murió, el pobre Isaac vivió
hasta los 180 años, yo desconozco la razón de que en este caso se violara el
límite superior de 120 años al que hice referencia más arriba. También se viola
en el caso de Abraham, y también desconozco la razón.
¿Por qué digo “el pobre Isaac”?
Pues porque pidió a Dios que existiera el sufrimiento, y por ello fue cegado.
El dolor en el mundo presente, diría Isaac a Dios, eximiría de dolores futuros
en el infierno. Jacob, hijo de Isaac y no menos importante que él, pidió a Dios
que existiera la enfermedad, para así saber que uno está a punto de morirse y
poder tener tiempo de dar instrucciones a sus descendientes y preparar su
herencia.
En resumen, podría decirse que el
ser humano fue alejándose de la perfección divina. Dejó de alcanzar el
firmamento al reducirse su estatura, perdió esperanza de vida y ganó fragilidad
al sufrir, enfermar y envejecer; su rostro se volvió distinto del de Dios, tuvo
dedos aptos para la bajeza que supuso tener que trabajar, se le puso en el pene
un prepucio que luego habría que cortar… Más que una evolución progresiva,
diríamos que es regresiva. En fin, baste lo dicho hasta aquí sobre este tema.
