cabecero4

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sábado, 2 de mayo de 2026

LA IZQUIERDA, ISRAEL Y LA INMIGRACIÓN

Esta semana le concedieron a Patti Smith, icono de los inicios del punk en Estados Unidos, el Premio Princesa de Asturias de Las Artes. Dijo en una entrevista que lo que más le preocupaba a día de hoy era tanto la cuestión palestina como los discursos anti-inmigración.

Hoy en día, estos dos elementos son los grandes tópicos de la izquierda posmoderna internacional. No obstante, basta con un poco de análisis para ver la incongruencia que existe entre ambas posturas. Parecerá extraño esto que digo, pero trataré de explicarme.

La izquierda en general considera que todas las consecuencias de la inmigración son buenas: que los inmigrantes realizan las labores que los españoles no queremos, que nos pagan las pensiones, que aportan diversidad cultural…

Para muchos izquierdistas, afirmar que la inmigración masiva actual presenta ciertos efectos secundarios negativos, por mínimos que se diga que sean, supone “comprar los marcos de la extrema derecha”. Por supuesto, son negacionistas de los datos estadísticos que nos informan de que los inmigrantes, en proporción a su número frente al número de españoles, cometen más delitos que estos últimos. Sobre todo si hablamos de delitos con violencia y/o contra la libertad sexual. Esto es una constante en otros países europeos, va en auge y se puede consultar en el INE, organismo poco sospechoso de estar en manos de la ultraderecha.

Y luego está el tema estrella, la cuestión de la sustitución étnica, en este caso en boca de las derechas: decir que Europa dejará de ser Europa si siguen llegando tantos inmigrantes musulmanes y teniendo tantos hijos, los cuales acabarían imponiendo su religión sobre el continente. Esto no es nuevo, hace tiempo que se habla del “Choque de Civilizaciones” (1993) y del posible fin de la llamada cultura occidental. “Conquistaremos Europa con los vientres de nuestras mujeres”, que decía el siglo pasado aquel presidente argelino.

¿Hasta qué punto es esto real? Hay dos extremos en lo relativo a las opiniones sobre el tema. Algunos dicen que los inmigrantes de origen musulmán no tienen ninguna intención de difundir su fe en el continente, sino que pasará lo contrario: descubrirán las mieles de la civilización occidental y se volverán más racionalistas, quedando su religión diluida. Otros dicen que hay una conspiración global que persigue la islamización de Europa (que sería la futura “Eurabia”), conspiración en la que todos los inmigrantes estarían implicados, siendo todo el flujo migratorio actual parte del plan secreto. El cual, por cierto, tendría el objetivo final de acabar con la raza blanca, nada menos.

Ambos extremos son poco creíbles, la verdad debe de hallarse en algún punto intermedio. Los estudios demográficos serios sí que indican que en unas pocas décadas habrá más europeos de origen inmigrante que europeos “autóctonos”. No hace tanto salió la noticia de que el nombre de varón más popular en Reino Unido era Mohammed.

Y hay inmigrantes laicos, inmigrantes que no se tomen muy en serio su fe e inmigrantes rigoristas que vayan a hacer proselitismo. Hay de todo, y no hace falta creer en ninguna conspiración para pensar que, si siguen llegando más y más, iremos viendo una mayor tendencia hacia la islamización de las sociedades europeas. Siempre ha habido procesos de aculturación y de difusión cultural al darse movimientos de población, esto está más que estudiado por la antropología, y no hacen falta planes secretos, insisto.

¿Y qué tiene que ver esto con Israel? Pues en que parece que muchos propalestinos de izquierdas no saben cómo empezó el conflicto entre Israel y Palestina: con la llegada de inmigrantes judíos a la región. Hubo varias oleadas migratorias desde 1840, potenciadas por el sionismo. Fueron las llamadas aliot (aliyá en singular), la última reseñable en 1991, tras el colapso de la URSS. Cuando había unos pocos miles de judíos en Palestina, los árabes no protestaban. Al fin y al cabo, hacía muchos siglos que estaban allí. Pero iban llegando más poco a poco, compraban tierras… Y empezó a haber un rechazo creciente con brotes de violencia. En 1920 tiene lugar el pogromo de Jerusalén, con varios muertos y heridos. Como respuesta se crea la Haganá, una especie de milicia judía de autodefensa que sería el germen del futuro ejército israelí. En 1936-1939 tiene lugar la Revuelta Árabe, orientada en oposición tanto al Imperio Británico como a la inmigración judía. Recordemos que Gran Bretaña era la potencia ocupante de Palestina, la cual no era ni mucho menos una nación árabe, sino una subdivisión arbitraria más entre las que efectuó el Imperio Otomano.

Siguió habiendo inmigración, con otra oleada importante tras la Segunda Guerra Mundial (fue una aliyá más, la sexta de ellas, pero muchos piensan que fue la única). Para 1947, en vísperas de la guerra árabe-israelí, la población judía superaba los 600.000 habitantes, casi un tercio de la población total de Palestina. Por cierto, número importante desde el punto de vista bíblico, el Antiguo Testamento cuenta que ese fue el número de hebreos varones que, junto con sus mujeres e hijos, abandonó Egipto durante el Éxodo. Curiosidades aparte, ese tercio de la población fue suficiente para ganar esa guerra y las sucesivas. El proyecto sionista había sido un éxito.

Pues bien, lo cierto es que mucha gente de izquierdas considera que Israel es la encarnación del mal, que el país debe desaparecer y que todos los judíos deben irse de la región. La solución al conflicto sería que el 100% del territorio israelí pasase a formar parte del territorio de un futuro estado palestino. ¿No sería eso una especie de megadeportación de inmigrantes?

Entonces, ¿en qué quedamos? ¿No decían las izquierdas que la inmigración es toda ella maravillosa, que es de conspiranoicos decir que Europa acabará islamizándose? ¿Qué hubiera dicho esta gente tan progresista si hubiera sido arabopalestina en los años 30? “No hombre, no debemos oponernos a la inmigración sionista, habrá un enriquecimiento cultural, no va a haber conflicto interétnico alguno ni van a imponernos nada, rechazar la inmigración es de fascistas, no compres los marcos de la ultraderecha”.

Habrá diferencias entre un fenómeno migratorio y otro, pero mi intención es señalar el absurdo y la incongruencia del negacionismo respecto del problema migratorio. En España yo creo que la gente de izquierdas tardará en admitir, si es que llega a hacerlo, que la inmigración masiva y descontrolada trae consigo efectos perjudiciales. Quizás tenga que producirse una quiebra del “PSOE State Of Mind”, ese fenómeno sociológico por el que tantos españoles consideran siempre bueno, puro y verdadero absolutamente todo lo que diga y haga el PSOE, marcando éste los términos de lo que se puede tolerar o no en los debates públicos. Aunque será un hueso duro de roer, hoy vemos que muchísima gente cuyo argumento principal contra el PP era la corrupción ahora defiende a los socialistas más que nunca a pesar de tantos casos, tan graves y flagrantes. Sólo el caso descaradísimo del hermano de Sánchez tendría que haber bastado para no volver a votar a este sujeto infame.

Yo creo que, tarde o temprano, la mayoría de la gente abrirá los ojos. En Francia, por ejemplo, la cosa está muy mal: decenas de barrios convertidos en guetos donde no entra la policía y rige la sharía, racismo generalizado contra los blancos, homosexuales votando en masa a Le Pen por el terror que sufren ante las agresiones homófobas, una juventud de origen inmigrante cada vez más radicalizada desde el punto de vista religioso… Confiemos en que la realidad se acabará imponiendo ante los cuentos de utopía multicultural del progresismo español.

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