Esta semana le concedieron a Patti Smith, icono de los inicios del punk en Estados Unidos, el Premio Princesa de Asturias de Las Artes. Dijo en una entrevista que lo que más le preocupaba a día de hoy era tanto la cuestión palestina como los discursos anti-inmigración.
Hoy en día, estos dos elementos
son los grandes tópicos de la izquierda posmoderna internacional. No obstante,
basta con un poco de análisis para ver la incongruencia que existe entre ambas posturas.
Parecerá extraño esto que digo, pero trataré de explicarme.
La izquierda en general considera
que todas las consecuencias de la inmigración son buenas: que los inmigrantes
realizan las labores que los españoles no queremos, que nos pagan las
pensiones, que aportan diversidad cultural…
Para muchos izquierdistas,
afirmar que la inmigración masiva actual presenta ciertos efectos secundarios
negativos, por mínimos que se diga que sean, supone “comprar los marcos de la extrema derecha”. Por supuesto, son
negacionistas de los datos estadísticos que nos informan de que los inmigrantes,
en proporción a su número frente al número de españoles, cometen más delitos
que estos últimos. Sobre todo si hablamos de delitos con violencia y/o contra la
libertad sexual. Esto es una constante en otros países europeos, va en auge y
se puede consultar en el INE, organismo poco sospechoso de estar en manos de la
ultraderecha.
Y luego está el tema estrella, la
cuestión de la sustitución étnica, en este caso en boca de las derechas: decir
que Europa dejará de ser Europa si siguen llegando tantos inmigrantes
musulmanes y teniendo tantos hijos, los cuales acabarían imponiendo su religión
sobre el continente. Esto no es nuevo, hace tiempo que se habla del “Choque de Civilizaciones” (1993) y del posible fin de la llamada cultura occidental. “Conquistaremos
Europa con los vientres de nuestras mujeres”, que decía el siglo pasado aquel presidente
argelino.
¿Hasta qué punto es esto real?
Hay dos extremos en lo relativo a las opiniones sobre el tema. Algunos dicen
que los inmigrantes de origen musulmán no tienen ninguna intención de difundir
su fe en el continente, sino que pasará lo contrario: descubrirán las mieles de
la civilización occidental y se volverán más racionalistas, quedando su religión
diluida. Otros dicen que hay una conspiración global que persigue la
islamización de Europa (que sería la futura “Eurabia”), conspiración en la que todos los inmigrantes
estarían implicados, siendo todo el flujo migratorio actual parte del plan
secreto. El cual, por cierto, tendría el objetivo final de acabar con la raza
blanca, nada menos.
Ambos extremos son poco creíbles,
la verdad debe de hallarse en algún punto intermedio. Los estudios demográficos
serios sí que indican que en unas pocas décadas habrá más europeos de origen
inmigrante que europeos “autóctonos”. No hace tanto salió la noticia de que el
nombre de varón más popular en Reino Unido era Mohammed.
Y hay inmigrantes laicos,
inmigrantes que no se tomen muy en serio su fe e inmigrantes rigoristas que
vayan a hacer proselitismo. Hay de todo, y no hace falta creer en ninguna
conspiración para pensar que, si siguen llegando más y más, iremos viendo una
mayor tendencia hacia la islamización de las sociedades europeas. Siempre ha
habido procesos de aculturación y de difusión cultural al darse movimientos de
población, esto está más que estudiado por la antropología, y no hacen falta
planes secretos, insisto.
¿Y qué tiene que ver esto con
Israel? Pues en que parece que muchos propalestinos de izquierdas no saben cómo
empezó el conflicto entre Israel y Palestina: con la llegada de inmigrantes
judíos a la región. Hubo varias oleadas migratorias desde 1840, potenciadas por
el sionismo. Fueron las llamadas aliot (aliyá en singular), la
última reseñable en 1991, tras el colapso de la URSS. Cuando había unos pocos
miles de judíos en Palestina, los árabes no protestaban. Al fin y al cabo,
hacía muchos siglos que estaban allí. Pero iban llegando más poco a poco,
compraban tierras… Y empezó a haber un rechazo creciente con brotes de
violencia. En 1920 tiene lugar el pogromo de Jerusalén, con varios muertos y
heridos. Como respuesta se crea la Haganá, una especie de milicia judía
de autodefensa que sería el germen del futuro ejército israelí. En 1936-1939
tiene lugar la Revuelta Árabe, orientada en oposición tanto al Imperio
Británico como a la inmigración judía. Recordemos que Gran Bretaña era la potencia
ocupante de Palestina, la cual no era ni mucho menos una nación árabe, sino una
subdivisión arbitraria más entre las que efectuó el Imperio Otomano.
Siguió habiendo inmigración, con
otra oleada importante tras la Segunda Guerra Mundial (fue una aliyá
más, la sexta de ellas, pero muchos piensan que fue la única). Para 1947, en
vísperas de la guerra árabe-israelí, la población judía superaba los 600.000
habitantes, casi un tercio de la población total de Palestina. Por cierto, número
importante desde el punto de vista bíblico, el Antiguo Testamento cuenta que
ese fue el número de hebreos varones que, junto con sus mujeres e hijos,
abandonó Egipto durante el Éxodo. Curiosidades aparte, ese tercio de la
población fue suficiente para ganar esa guerra y las sucesivas. El proyecto
sionista había sido un éxito.
Pues bien, lo cierto es que mucha
gente de izquierdas considera que Israel es la encarnación del mal, que el país
debe desaparecer y que todos los judíos deben irse de la región. La solución al
conflicto sería que el 100% del territorio israelí pasase a formar parte del
territorio de un futuro estado palestino. ¿No sería eso una especie de
megadeportación de inmigrantes?
Entonces, ¿en qué quedamos? ¿No decían
las izquierdas que la inmigración es toda ella maravillosa, que es de
conspiranoicos decir que Europa acabará islamizándose? ¿Qué hubiera dicho esta
gente tan progresista si hubiera sido arabopalestina en los años 30? “No
hombre, no debemos oponernos a la inmigración sionista, habrá un enriquecimiento
cultural, no va a haber conflicto interétnico alguno ni van a imponernos nada,
rechazar la inmigración es de fascistas, no compres los marcos de la
ultraderecha”.
Habrá diferencias entre un
fenómeno migratorio y otro, pero mi intención es señalar el absurdo y la
incongruencia del negacionismo respecto del problema migratorio. En España yo
creo que la gente de izquierdas tardará en admitir, si es que llega a hacerlo,
que la inmigración masiva y descontrolada trae consigo efectos perjudiciales.
Quizás tenga que producirse una quiebra del “PSOE State Of Mind”, ese fenómeno
sociológico por el que tantos españoles consideran siempre bueno, puro y
verdadero absolutamente todo lo que diga y haga el PSOE, marcando éste los
términos de lo que se puede tolerar o no en los debates públicos. Aunque será
un hueso duro de roer, hoy vemos que muchísima gente cuyo argumento principal
contra el PP era la corrupción ahora defiende a los socialistas más que nunca a
pesar de tantos casos, tan graves y flagrantes. Sólo el caso descaradísimo del
hermano de Sánchez tendría que haber bastado para no volver a votar a este
sujeto infame.
Yo creo que, tarde o temprano, la mayoría de la gente abrirá los ojos. En Francia, por ejemplo, la cosa está muy mal: decenas
de barrios convertidos en guetos donde no entra la policía y rige la sharía,
racismo generalizado contra los blancos, homosexuales votando en masa a Le Pen por el
terror que sufren ante las agresiones homófobas, una juventud de origen
inmigrante cada vez más radicalizada desde el punto de vista religioso… Confiemos en que la realidad se acabará imponiendo ante los cuentos de utopía
multicultural del progresismo español.
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