cabecero4

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lunes, 21 de septiembre de 2026

LA EXTRAÑA EVOLUCIÓN HUMANA SEGÚN LA TRADICIÓN JUDÍA

 

Este título puede sugerir que la religión judía tiene su propia opinión sobre la evolución humana tal y como fue enunciada por la ciencia, pero no se trata de eso. Se trata de explicar las transformaciones que, según los textos judíos, sufrió el ser humano desde la creación hasta nuestros días.

Esto resultará extraño, pues sabemos que esta y otras religiones son creacionistas, es decir, afirman que los seres vivos, incluido el ser humano, fueron creados tal y como son a día de hoy y que no existe una evolución biológica.

Pero esto es más que matizable a la luz de las escrituras. Quien conozca un mínimo el libro de Génesis sabrá que los personajes bíblicos fueron siendo cada vez menos longevos generación tras generación. Todos hemos oído hablar de Matusalén, que murió a los 969 años. Adán y Noé vivieron también más de 900 años. Tras el diluvio, por decreto divino, los humanos vivirían un máximo de 120 años.

Pero, si este fuese el único cambio “evolutivo”, no tendría sentido este artículo. Mi idea es combinar lo que dice el Génesis con aportaciones posteriores de la tradición judía, concretamente las aportaciones del Midrash. Por no detenernos demasiado en qué es esto del Midrash, me limitaré a lo mínimo: consiste en una serie de textos escritos por varias generaciones de rabinos en los que se reflexiona sobre las enseñanzas morales de la Torá, se explican sus pasajes ambiguos o contradictorios, se establecen conexiones entre los diversos hechos relatados… Son un componente más de la amplísima exégesis judía propia de la literatura rabínica posterior a la destrucción del Segundo Templo (año 70 e.c.).

Este ejercicio de reflexión y explicación se puede ilustrar fácilmente con el origen de Eva, el cual resulta ser un buen arranque de esta “historia evolutiva”. En el Génesis hay dos relatos sobre este origen. En el Capítulo 1 se relata que Adán y Eva fueron creados ambos a partir del barro. En el Capítulo 2 se narra la conocida versión por la cual Dios creó a Eva a partir de una costilla arrancada del cuerpo de Adán. ¿Cómo se entiende esta contradicción? ¿Cuál es la versión buena del origen de Eva? Hoy, gracias al análisis filológico, sabemos que la Torá (los 5 primeros libros de la Biblia, o “Pentateuco”, que incluye el Génesis) es la combinación de los textos de cuatro autores distintos. Se entremezclan versiones en un “montaje final”, digamos. Pero claro, para un creyente acérrimo, sobre todo si se trata de un rabino que vivió hace más de un milenio, la Torá tiene un solo autor, que es Dios.

¿Cómo solucionaron este entuerto las inagotables mentes de los rabinos? Pues, según el Midrash, Dios creó primero a Eva ante los ojos de Adán. Pero éste, al ver ensamblarse los músculos, vísceras y vasos sanguíneos de Eva, quedó repugnado. Algo poco conveniente para que cumpliesen el primer mandato divino: “procread y multiplicaos”. Pero Dios rectifica este problema y realiza después una segunda creación, esta vez doble: Adán y Eva son creados pegados por sus espaldas, sin verse directamente el uno al otro. Luego se separan sus cuerpos mientras Adán duerme. Un poco raro este arreglo, pero bueno, el caso es que parece que esta contradicción de las escrituras queda solventada por los rabinos, que supieron ornamentar esta historia con significados profundos en los que no voy a entrar. Hablemos ahora de aspectos “evolutivos” persé.

Adán, el primer hombre, además de muy longevo, era enorme: su cuerpo alcanzaba los cielos. Tras pecar al probar la fruta del árbol prohibido (no se dice que sea una manzana, por mucho que se vea así en numerosas obras de arte), su estatura fue reducida a unos 100 amot, que son unos 50 metros. Esa reducción prosiguió con las generaciones, al igual que la longevidad. Como dato curioso, Adam fue creado circuncidado.

Posteriormente, durante la generación de Enosh, personaje también antediluviano, el hombre estudió los secretos del Universo y ello condujo al poder de la brujería. Se adoró a los astros y se cayó en la idolatría. La idolatría, recordemos, es una abominación desde el punto de vista de la Torá, y suele conducir a otros pecados. El castigo fue que los cadáveres humanos se descompondrían, los rostros de las personas se asemejarían a los de los monos (haciendo menos evidente la semejanza con Dios) y los demonios tendrían influencia sobre el ser humano. Lo segundo es quizás lo que más me ha sorprendido. ¿Si el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios pero los humanos actuales nos parecemos más a los monos, quiere esto decir que Adán tenía un rostro menos “simiesco” que el nuestro? ¿Menos simiesco pero cómo? Por no hablar de que esto choca con el dogma judío actual de que Dios no sólo no es corporal, sino que no tiene cuerpo ni forma. Así lo dicen los principios segundo y tercero de la fe judía establecidos por Maimónides, filósofo judío de origen hispano que sentó cátedra en el siglo XII e.c. y cuya influencia intelectual llega hasta el día de hoy, siendo un autor muy citado por los rabinos.

Pasemos a otro “cambio evolutivo” llamativo, que es el caso de Noé. Este importante personaje que, como sus antecesores varones, nació circuncidado; incorpora una novedad: fue el primero en tener dedos que se movían individualmente. Fue un regalo divino para facilitarle las tareas manuales. Parecerá extraño dicho así, pero el Midrash lo dice tal cual, diciendo también que las personas anteriores a él “tenían manos y dedos como una sola unidad” (sic). No puedo sino imaginarme a personas con manos como las de las figuritas de LEGO.

Otro cambio físico sufrido por el ser humano del que he podido leer en esta trepidante aventura por los vastos océanos de la literatura rabínica fue un cambio que fue, de hecho, solicitado por un hombre, que no fue otro que Abraham. Este patriarca, padre de todos los judíos y primer enviado por orden celestial a la Tierra Prometida, ya no nació circuncidado. Lo sabemos porque fue el primero en circuncidarse como señal de su pacto con Dios. Protagonista de uno de mis versículos favoritos (Génesis 22:17), este hombre estaba descontento a pesar de ser rico y afamado. ¿Por qué? Cuando iba por ahí con su hijo Isaac, la gente no sabía si honrarle a él o a su hijo, porque eran indistinguibles. Abraham le pidió a Dios que cambiase el aspecto de la gente mayor para que así todos supieran a quien dirigir sus alabanzas y buenas palabras. Así se hizo, y es por eso que la edad nos hace acumular canas y arrugas. Antes de esta petición, todo el mundo tenía un rostro juvenil, dice el Midrash. Ahora tendremos hacia quién dirigir nuestro enfado cuando nos veamos envejecer. Cuatro serían las cosas que harían envejecer a los hombres: la irritación de los hijos, una mala esposa, el temor y la guerra. Estuviera más o menos envejecido cuando murió, el pobre Isaac vivió hasta los 180 años, yo desconozco la razón de que en este caso se violara el límite superior de 120 años al que hice referencia más arriba. También se viola en el caso de Abraham, y también desconozco la razón.

¿Por qué digo “el pobre Isaac”? Pues porque pidió a Dios que existiera el sufrimiento, y por ello fue cegado. El dolor en el mundo presente, diría Isaac a Dios, eximiría de dolores futuros en el infierno. Jacob, hijo de Isaac y no menos importante que él, pidió a Dios que existiera la enfermedad, para así saber que uno está a punto de morirse y poder tener tiempo de dar instrucciones a sus descendientes y preparar su herencia.

En resumen, podría decirse que el ser humano fue alejándose de la perfección divina. Dejó de alcanzar el firmamento al reducirse su estatura, perdió esperanza de vida y ganó fragilidad al sufrir, enfermar y envejecer; su rostro se volvió distinto del de Dios, tuvo dedos aptos para la bajeza que supuso tener que trabajar, se le puso en el pene un prepucio que luego habría que cortar… Más que una evolución progresiva, diríamos que es regresiva. En fin, baste lo dicho hasta aquí sobre este tema.